viernes, 20 de abril de 2018

LA FUENTE DE LA TLAXPANA

A la salida de la capital, por el Noreste, en la calzada de San Cosme, se encuentra la fuente llama de la Tlaxpana, incrustada en los arcos que conducen el agua delgada desde Santa Fé. Nada tiene de monumental, y parece a primera vista más bien recuerdo de alguna antigüedad mexicana que una obra construida por los españoles; se ven algunos adornos al gusto de la época; figuras con instrumentos de cuerda, bajos y violines, y las armas de la casa de Austria: dos inscripciones nos dicen que fue construida en 1737, siendo arzobispo y virrey de la Nueva España D. Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta. Dicha obra pertenece al género que ha dado su nombre por lo extravagante y atrevido el conocido Churriguera, que viene a ser el Góngora de la arquitectura. Y advertiremos de paso, que en México, construidos los edificios principales, poco más o menos en una misma época, adolecen de unos mismos defectos en su gusto arquitectónico.
Indígenas
Sin embargo de que esta construcción no se distingue por su belleza arquitectónica, sirve para animar la escena; por un lado el sólido acueducto, cuyos arcos a manera de grandes lentes dejan ver a lo lejos paisajes tranquilos y risueños; la fuente con sus adornos grotescos donde se acercan algunos indígenas a apagar la sed, vestidos con sus curiosos trajes; el indio que pasa lentamente con su hijo a cuestas y arreando sus jumentos cargados de verduras; ora se detiene gallarda joven en su brioso corcel con el caballero que la acompaña, a contemplar los indios carboneros que vienen; el ruidoso carro de harina que cruzó, dejando una nube de polvo; todo presenta vida, movimiento y alegría. Allá en el fondo se contempla el Panteón de los ingleses, contrastando su fría calma con la animación exterior; unos frondosos árboles y algunas casas sencillas vienen a completar el cuadro.
Arrieros
¡Cuántos recuerdos nacen en la mente a la vista de estos sitios hoy tan tranquilos y donde no obstante, acontecieron los grandes hechos de la retirada de Cortés en la memorable Noche Triste! Estas mismas brisas que corren apacibles agitando las copas de los árboles, hicieron ondear los orgullosos penachos de los españoles; sobre este mismo polvo estampó sus herrados cascos el corcel del conquistador; allí donde ahora murmuran las aguas de la fuente, corrió la sangre de valerosos aztecas...!
Para llegar a este lugar se tiene que atravesar el Puente de Alvarado, que ahora es una linda calle, y allí todavía se señala el punto que inmortalizó Alvarado con su prodigioso salto; más allá de este puente, y siguiendo el camino recto, se halla el pueblecito de Popotla, con su grande y vetusto ahuehuete, bajo cuyo sombrío ramaje, según refiere la tradición, sentóse Cortés a descansar de los desastres de su célebre retirada que lo alejó por algún tiempo de la ciudad de Moctezuma.

Marcos Arróniz


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